Con este nombre se designa a un estrecho vallejo que se abre paso, entre las colinas, hacia el oeste de Palmira, perforado de hipogeos y erizado de afiladas torres funerarias. La mayoría están en un estado ruinoso, torreones a medio derrumbar que elevan sus descarnados esqueletos de piedra contra el rojo resplandor del cielo de poniente. Allí por donde cada día muere el sol fueron a morir los palmirenses, y no sería por casualidad. Un paralelo de esto se da en las necrópolis egipcias, casi siempre situadas hacia occidente: Giza y Saqqara, respecto a Menfis; los Valles de los Reyes y de las Reinas, respecto a Tebas; los hipogeos principescos de Qubbat el-Hawa, respecto a Elefantina.
Hay una torre que está casi entera, un esbelto prisma de sillares regulares rematado en una cornisa, conocida como la tumba de Elahbel. Llama la atención la rica decoración de su interior, con pilastras corintias adosadas, con restos de policromía en los techos de casetones de los cuatro pisos, y con las paredes acribilladas de nichos mortuorios vacíos. Hay tiradas aquí y allá estatuas sedentes de buena calidad, retratos decapitados de los antiguos dueños del mausoleo. Visten y se enjoyan con un lujo que poco tiene de romano y mucho de oriental; diademas, broches, cinturones, pantalones estampados y zapatos de fantasía se alejan del gusto helenizante de la época: aquí los partos imponían la moda. Estas figuras mutiladas son las pocas que quedan de los centenares de estatuas funerarias que reproducían los rasgos de todas y cada una de las personas allí enterradas, cada busto identificando su propio sarcófago y el conjunto llegando a crear una verdadera galería de retratos. Y considérese que en una torre de este tipo los difuntos podían alcanzar el número de cuatrocientos. Destacaba siempre el grupo escultórico de la familia principal. El padre y la madre medio recostados en un lujoso diván, a la manera etrusca, con la prole detrás suyo, de pie, supuestamente asistiendo a un banquete funerario. A veces este grupo se asomaba por la única ventana de la torre, situada a gran altura sobre la puerta principal (como queda in situ en la tumba de Kithoth). A veces, presidía la decoración de una cámara subterránea (como la de Yarhai, trasladada al Museo de Damasco).
La torre-tumba de Kithoth es supuestamente el edificio más antiguo entre los que se conservan en Palmira, pues podría datarse en el I a C, antes incluso que el Templo de Bel. Su mayor antigüedad se detecta en el tipo de aparejo de sus muros, que sin ser poligonal ni ciclópeo, en algo recuerda a dichas primitivas técnicas constructivas. Los sillares son de tamaño inmenso y bastante irregulares, a diferencia de los de otras torres-tumba, como la ya descrita de Elahbel. El prisma de la torre descansa sobre un plinto escalonado, y contribuye así a la sensación abrumadora de robustez que se desprende de la mole. El efecto visual que produce sugiere arcaísmo, lejanía en el tiempo, y retrotrae a sensaciones más allá de la cronología histórica, hacia zonas inquietantes del inconsciente colectivo donde resuenan épocas legendarias habitadas por razas de gigantes.
Un detalle resulta paradójico: que siendo ésta la torre más arcaica, sea la única que conserve en su fachada un grupo escultórico in situ. Todas las torres ostentan sobre su puerta de entrada, a suficiente altura, una ventana de medio punto, que ayuda al equívoco efecto de campanario de iglesia que confundió a los primeros exploradores. También la torre de Kithoth, pero además su arco está adornado por una cenefa semicircular con un motivo de parras en bajorrelieve. Y por su abertura se asoman, como a un balcón, los cuerpos petrificados y sin cabezas de los propietarios del mausoleo, con el pater familias reclinado sobre un diván de patas torneadas y rica tapicería, la foto habitual de los clanes familiares palmyrenses celebrando un banquete funerario. Numerosos de estos grupos pueden contemplarse en el Museo de Palmira, o adivinar su recomposición a partir de miembros despedazados por aquí y allá, un torso tirado, un codo apoyado sobre un cojín, unas cabezas incrustadas en una pared del vestíbulo del Hotel Zenobia. Sólo la familia Kithoth (lástima que no podamos ver la expresión de sus rostros) permanece inmóvil en su hogar póstumo, contemplando eternamente los paisajes del país del más allá.
La Tumba de Yarhai ha sido trasladada e instalada en una cripta del Museo Arqueológico de Damasco. El interior del hipogeo de la familia Yarhai está muy bien conservado, y da una idea fehaciente del boato y suntuosidad de que hicieron gala los mausoleos nobiliarios palmirenses, así como de su aspecto de galería de retratos, con su exposición de bustos de la parentela ordenados en cuadros que cierran sus respectivos loculi, hieráticos retratos de los seres que habían descansado dentro.
Al adentrarse hacia poniente por el Valle de las Tumbas, sale al paso un muro de sillares derrumbado a trechos que va de monte a monte, enlazándolos, y que antaño cerraba el valle. Grandes amontonamientos de tierra se asemejan a diques que, sin embargo, no embalsan agua, sino que separan el Valle de los Muertos del llano exterior, una planicie desierta con la mancha oscura de unas solitarias palmeras en primer término.
Al otro lado de la colina Um el-Belquis se alza otra aglomeración de torres-tumba de tipología semejante a las ya descritas: las llamadas tumbas del sudoeste.
Por contraposición a ellas, la Tumba de los Tres Hermanos adopta la forma de hipogeo, con dos naves abovedadas, en forma de T, perforadas a su vez de los consabidos nichos para sarcófagos. Las pinturas murales de su interior, que constituyen la característica especial de esta tumba, están cada vez más perdidas. Motivos geométricos de hexágonos y círculos entrelazados cubren la bóveda principal, con una roseta central describiendo el rapto del zagal frigio Ganimedes por Zeus en forma de águila, que se lo lleva al Olimpo de copero; en el tímpano del fondo se ve la escena de Aquiles camuflado con vestiduras femeninas entre las hijas del rey Licomedes de Skiros, por voluntad de su padre Peleo, que quería salvarle de morir en la guerra de Troya; y, en los espacios entre nichos, medallones con retratos de los familiares sepultos, sostenidos por los brazos de unos personajes alados que parecen ángeles.
Cerca de allí, al otro lado de la carretera de Homs, pueden verse las fuentes termales de donde manan las aguas que dieron vida al oasis, bautizadas con la palabra semítica Efqa, que significa algo así como 'salida' o 'resurgimiento'. Hasta hace pocos años la gente se podía bañar en el fondo de la fosa, a la que se descendía entre vapores sulfurosos por unas escaleras talladas en la roca, salpicadas de aras romanas y otros restos antiguos de cuando este lugar era escenario de cultos sacros. Hoy el manantial está semiseco, y un bañista habría de conformarse con mojar poco más que los tobillos. Parece ser que el crecimiento descontrolado del pueblo nuevo de Tadmor ha desabastecido el acuífero subterráneo: ¿acabará el consumo inmoderado con el agua que supuso desde el neolítico el origen y la razón de ser de Palmira?
Algunas 'casas-tumba' muy deterioradas subsisten en el vallejo al sur de la llamada 'Muralla de Zenobia' (la que improvisaron a toda velocidad los palmyrenses el año 272 d. C., cuando se enteraron de que las legiones de Aureliano venían para allá con intenciones de responder enérgicamente al desafío de aquella Cleopatra rediviva). Estas llamadas casas-tumba contienen todavía elementos escultóricos valiosos y abundantes, en un estado de total abandono: tallas en mármol de figuras humanas tumbadas por los suelos, puertas de piedra, con sus casetones y sus quicios, dinteles, frontones, nichos, lápidas, sarcófagos adornados de bustos, todo a medio enterrar o invadido por los matojos, en caóticos montones. Constituían otro tipo de enterramientos familiares distintos a las torres o a los hipogeos, en forma de habitáculo rectangular en cuyas paredes se incrustaban filas de nichos; dentro de los nichos, de abertura cuadrada, se introducían los sarcófagos, y luego se cerraban con lápidas, recubriéndose el conjunto con las habituales galerías de retratos esculpidos de los familiares difuntos. La cámara se clausuraba con una puerta pétrea de considerable tonelaje.
El pequeño valle donde yacen ésta y otras casas-tumba, y demás restos arquitectónicos sembrados al alimón por su cuenca, no es sino el cauce del uadi el Qubur, un arroyo seco que corta las ruinas por la mitad, y a lo largo de cuya orilla se alza la mencionada 'Muralla de Zenobia'. Se nota el apresuramiento de su ejecución, por contraste con la calculada linealidad de otras construcciones: cada cierto tramo la muralla atraviesa por las bravas uno u otro edificio público anterior o alguna torre-tumba, transformándolo para la circunstancia en torreón defensivo. Los conflictos bélicos perturbaron ya en tiempos antiguos el sueño de los muertos, y los panteones privados de algunas familias nobles pasaron a ser bastiones de uso militar para una guerra perdida.
La muralla norte trepa por el monte y se une en la cima, formando un ángulo agudo, con un tramo de la 'Muralla de Zenobia', la cual delimita por el lado sur la parte noble de la ciudad. Un sitio estratégico, como en la proa de una embarcación, para quien deseara dominar la entera urbe, no sólo con la vista.
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